La vida debería dividirse en vida en el centro y vida en los suburbios (para los despistados que asocien las categorías con ubicaciones geográficas del lugar de emplazamiento de su vivienda, desde ya les aviso que se equivocan).
La vida en el centro se compone del trabajo, de las reuniones sociales, de los cumpleaños, de comprarse ropa en el shopping, de comer afuera y tomar un daikiri con amigos, de las opiniones (siempre amables) que emitimos sobre la historia amorosa de un amigo o sobre una película, de decirle te quiero a la persona que tenemos al lado poniendo cara de osito cariñoso.
La vida en los suburbios, en cambio, transcurre en el trabajo, pero mientras chateamos, hablamos por teléfono o buscamos pornografía; en los lugares que visitamos y que nadie conoce; en el sex shop donde elegimos disfraces; en el pedo que nos agarramos en secreto con una persona innombrable; en las opiniones que tenemos realmente sobre la gente más cercana, y en todo lo que siempre hicimos, pensamos y deseamos que no le contamos a nadie, y que lo escribimos bien apretadito y chiquito en un lugar oculto, donde en el fondo esperamos que alguien lo encuentre de una vez por todas y nos dejemos de farsas.
