Esos días (raros) en los que me despierto tranquilita y sin pensamientos perturbadores, salgo a la calle con desconfianza, mirando bien en cada esquina y pisando con cuidado cada baldosa.
Debe ser una sensación parecida a la que tienen los esquimales cuando se adentran pasito a paso en la superficie de un lago helado, y no saben nunca cuándo se puede abrir una grieta que se los trague sin aviso.
